Con su calidez y conocimiento, Micaela nuestra guía, nos abrió una ventana a un territorio lleno de vida, memoria y sabor. Nuestra primera parada fue Molcaxac, un pequeño pueblo donde descubrimos las tortillas de trigo y los tlacoyos de frijol, que son como tostadas gruesas y doraditas, que se pueden comer así solitas o acompañadas con alguna salsa o guisado.
Ese día comimos en el mercado, donde el menú fue un festín: huauzontles capeados en salsa verde, huaxmole de res y albóndigas en salsa roja, todo acompañado de tortillas recién hechas que sabían a comida de casa, de esas que abrazan.




Ese mismo día por la tarde visitamos el Museo Regional Mixteco Tlayúa, en Tepexi de Rodríguez, en donde la bióloga Karmina nos compartió cómo, gracias a la tenacidad e interés de sus abuelos, la familia Aranguthy logró conservar valiosos hallazgos paleontológicos y contribuir al desarrollo científico del patrimonio fósil en México.
Se trata de la primera localidad fosilífera en nuestro país con la denominación Konservat-Lagerstätte, reconocida por la extraordinaria conservación y abundancia de fósiles. ¿Puedes creer que en este sitio se han encontrado restos de plantas, peces, tortugas y cocodrilos que habitaron la región hace 100 millones de años?
Escucharla fue comprender no solo el valor científico del lugar, sino también el esfuerzo familiar y comunitario. Ya que justo en la cantera que pertene a su familia, tuvimos la oportunidad de adentrarnos en el trabajo artesanal del lajeado. Pusimos manos a la obra y, a través de la experiencia directa, entendimos la dedicación y el esfuerzo que requiere esta labor. No solo se trata de extraer piedra, sino de leer el tiempo en cada capa.
En ese mismo lugar fuimos testigos de algo asombroso: huellas fosilizadas de antiguos camélidos, félidos, pecaríes, e incluso la impresión de lo que alguna vez fue un flamenco. Instantes grabados en piedra y del fascinante mundo que habitamos.




Por la tarde, continuamos hacia el Santuario del Señor de Huajoyuca, un sitio de profunda devoción ubicado justo detrás de la parroquia de Tepexi. En donde se resguarda una de las imágenes más veneradas de la región: el Señor de Huajoyuca, también conocido como el Señor de las Piedades o de los Milagros.
Se trata de una talla única, de gran calidad artística, que verdaderamente transmite algo conmovedor. Un Cristo negro, con facciones asiáticas que llaman la atención por su serenidad y fuerza. Su presencia impone y conecta con quienes se acercan a contemplarlo, más allá de la fe o la tradición.
La historia del Señor de Huajoyuca ha sido transmitida de generación en generación por vía oral, formando parte de la memoria popular de la comunidad. Según el relato, a finales del siglo XVI, la imagen habría llegado desde algún puerto asiático a tierras mexicanas, probablemente a través de Acapulco, junto con otros productos traídos por la Nao de China. Tiempo después, habitantes del lugar encontraron la imagen, y desde entonces es venerada con gran fervor.
La visita no podía estar completa sin pasar por la mejor panadería de Tepexi. Puedo decir, sin exagerar, que aquí probé el mejor cocol en mi vida. Don David, quien hornea distintas variedades de pan en su horno de leña, nos recibió con alegría y compartió, con gran orgullo, su historia y saber. Cada pieza tiene un sabor auténtico, casero, verdaderamente rico. Es de esos lugares donde el pan sabe a tradición y a manos que saben lo que hacen.


A la mañana siguiente visitamos Chigmecatitlán, donde conocimos a Liz y su cálida familia. Comenzamos la jornada en la cocina desde muy temprano, donde ya reposaba el maíz en proceso de nixtamalización, listo para que lo lleváramos al molino. Al regresar, nos esperaban con café de olla y pan dulce, mientras Anabel, la cuñada de Liz, preparaba en el fogón unas tortillas que al medio cocerlas, las moldeaba como bolitas para chopear en el café.
Poco después, salimos a recolectar quelites para las gorditas con salsa de molcajete. Con permiso de las vecinas, recorrimos sus traspatios donde encontramos papalo, huajes, y hasta vimos cómo brotaban verdolagas y huauzontles en esta generosa temporada de lluvias. Quién diría que al cruzar uno de los campos de béisbol del pueblo, también encontraríamos pipicha, uno de mis quelites favoritos.
Pero la experiencia no terminó ahí, ya que también visitamos el taller familiar donde elaboran canastitas y sonajas de diferentes colores. Más tarde conocimos a Don Chava, un verdadero maestro en el arte de las miniaturas de palma. Y aprendimos, que ambas actividades son muy típicas de esta región, formando parte de la creatividad humana y ahora de la economía local.






No podíamos irnos sin conocer Tepexi el Viejo, una verdadera fortaleza popoloca (ngiwa), construida estratégicamente sobre una meseta rodeada de barrancas. El paisaje nos dejó sin palabras: entre cerros y vegetación exuberante, el viento parecía susurrar fragmentos del pasado.



Finalmente, en nuestro tercer día llegamos a Ixcaquixtla. Desde el inicio de la travesía, Micaela había sido nuestra guía incansable, y ese día no fue la excepción. Al llegar al parque central, me llevé una grata sorpresa: ahí nos esperaba Javier, un viejo amigo que siempre me hablaba con orgullo de su tierra y que hasta hoy conocería.
No tardamos mucho en adentrarno en los sabores locales con unos tacos de barbacoa calientita, acompañados de un atole de granillo. Para luego recorrer los puestos del tianguis y degustar el pan de burro y un buen vaso de pulque fresco. Pero la cosa no paró ahí, ya que también probamos los jumiles y las semillas de pochote tostadas con sal. En el mercado encontramos frutas y productos locales como la jiotilla, chiles miahuatecos y hasta compramos mezcal. Cada bocado era una historia, y cada producto era una invitación y forma de decirnos: “Esto es la Mixteca Poblana y esto somos nosotros”, un festín para los sentidos, y una celebración de lo local, de lo que nace y se cultiva con orgullo en esta tierra.
Para cerrar con broche de oro visitamos una huerta de pitahaya o dragon fruit, como la llaman en el extranjero. Isabel nos recibió con entusiasmo y nos guió entre los afamados cactus trepadores. Durante el recorrido descubrimos que esta fruta jugosa, de gran tamaño y calidad de exportación, es originaria de nuestro país y que ya era consumida en tiempos prehispánicos por su alto valor nutritivo. Cosechamos algunas y saciamos nuentra sed con su frescura: todas estaban en su punto exacto de dulzor, una verdadera joya de temporada.
Me llevo de esta región mucho más que paisajes y sabores. Me llevo la certeza de que hay personas comprometidas con preservar y valorar su territorio. Actores locales que resisten, que sueñan y que abren caminos para que otros nos sumemos, para que hagamos sinergia. Agradezco a Mica y Javier, y a cada persona que conocimos en el camino por compartir con nosotros su amor profundo por esta tierra, que vibra en cada historia, en cada platillo y en cada gesto de hospitalidad.
Alejandra












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